A Adriana la recuerdo, primero, por su sonrisa inmensa, por su invariable amabilidad y cortesía, que hacían más agradable la vida de todo el que trataba con ella. La vi muchas veces a lo largo de casi 20 años y en ese proceso la vi crecer como profesional y como diplomática, hasta llegar a ocupar los cargos de relevancia en el servicio exterior costarricense a los que estaba destinada por su talento. Costa Rica ha perdido una persona honesta, buena y valiosa, justo en el momento cuando más nos podríamos haber beneficiado de su talento. Que la memoria de Adriana sirva para mostrar a futur@s diplomátic@s costarricenses que la seriedad, la dedicación, la amabilidad y la humildad permiten llegar lejos, que hacen mejor al país y que terminan por ganarse el respeto imperecedero de quienes algún día habrán de recordarlos. Descansá en paz, Adriana.